Nada es más “hogar” que una sopa en un día gris. Da igual si terminas de trabajar, de correr o vuelves de fiesta, la sopa lo arregla todo. Hoy te traemos una cucharada bien cargada de historia, salud, cultura y… ¿milagros?
CENAR SOPA. ¿Has oído eso de “desayuna como un rey, come como un príncipe y cena como un mendigo”? Pues el mendigo, si es listo, pide sopa. Tomar sopa o caldo por la noche no sólo reconforta: es ligero, saciante y digestivo. Los nutricionistas coinciden en que es una opción ideal para la cena, ya que ayuda a mantenernos hidratados, aporta vitaminas y minerales, y facilita un descanso reparador. Además, suelen tener bajo contenido calórico, por lo que también son amigas de quienes buscan perder peso sin renunciar al sabor.
SOPA Y RESFRIADO. No es un mito de abuela: cuando estás resfriado, la sopa sí ayuda. Las sopas calientes ayudan a despejar las vías respiratorias, hidratar el cuerpo y reponer nutrientes esenciales. En concreto, estudios han demostrado que la sopa de pollo, por ejemplo, tiene un leve efecto antiinflamatorio y puede disminuir los síntomas del resfriado común. Además, al ser fácil de digerir, es ideal cuando tienes el estómago revuelto y poco apetito.
ACELERA TU METABOLISMO. No es clickbait: existe un caldo que quita el hambre, acelera el metabolismo y no rompe el ayuno intermitente. Este caldo, elaborado a base de huesos, verduras y especias como cúrcuma o jengibre, aporta electrolitos y colágeno, sacia sin sumar calorías y mantiene el cuerpo en modo “quema grasa”. Ideal para quienes siguen ayuno intermitente o buscan una cena ligera sin renunciar al sabor ni al placer calentito de la cuchara.