A todos nos han hecho creer que la acumulación de grasa corporal es el resultado de un exceso de calorías en la alimentación y que, cuantas menos calorías haya en tu plato, más salud ganarás (y grasa perderás). Parece lógico, pero la realidad es más compleja.
No todas las calorías son iguales, ya que los alimentos que consumimos generan diferentes efectos en nuestro metabolismo. Comer 100 calorías de almendras no genera la misma respuesta en el cuerpo que 100 calorías de galletas del supermercado.
Además, nuestro cuerpo no funciona como una calculadora. Cuando reducimos drásticamente la ingesta calórica, el cuerpo activa mecanismos de defensa: el metabolismo se ralentiza, aumentan las hormonas del hambre y disminuyen las de la saciedad. Esto no solo dificulta la pérdida de grasa, sino que también favorece el famoso "efecto rebote", haciendo que recuperar el peso perdido sea casi inevitable.
Como puedes ver, seguir contando calorías no es la solución (ni lo será). La clave está en enfocarnos en la calidad de lo que comemos (también es importante cómo y cuándo lo comemos), elegir más alimentos y menos productos, conectar con nuestras señales de hambre y saciedad para recuperar el buen funcionamiento del metabolismo y de nuestras hormonas.
Recuerda que nuestro cuerpo no entiende de matemáticas, de sumas y restas de calorías; es más complejo que eso.
No se trata de comer menos, se trata de comer mejor.