Termina el verano, vuelven las rutinas y, casi sin pensarlo, el bote de crema solar acaba en el fondo del cajón del baño hasta el próximo julio. Y ahí, en ese gesto tan automático, se esconde uno de los errores más repetidos con nuestra piel, porque el sol no se toma vacaciones cuando nosotros terminamos las nuestras. No repitas este gesto este año.
UVA Y UVB. La radiación solar que llega hasta nosotros viene en dos formatos. Los rayos UVA penetran en profundidad, se asocian al envejecimiento prematuro de la piel y, ojo, están presentes con la misma intensidad durante todo el año. Los UVB son los que más aprietan en verano y los responsables de las quemaduras. La exposición acumulada a lo largo del tiempo pesa mucho en ese envejecimiento cutáneo (arrugas, manchas, pérdida de elasticidad por la degradación del colágeno) y en el cáncer de piel, el más frecuente del mundo y cuyo peor pronóstico es el melanoma. La radiación ultravioleta también pasa factura a nivel ocular, con problemas como las cataratas.
MÁS ALLÁ DEL VERANO. Que el cielo esté nublado no nos libra: hasta el 80% de los rayos UV atraviesan las nubes. La nieve y el hielo, por su parte, llegan a reflejar hasta el 90% de la radiación, algo a tener muy en cuenta si el plan es esquiar. A esto se suman la latitud y la altitud: cuanto más cerca del ecuador y cuanto más arriba, más intensa es la radiación durante todo el año. Y un detalle que se nos escapa a menudo, según cuenta la dermatóloga Paloma Borregón: los rayos atraviesan los cristales, así que también nos alcanzan mientras conducimos.
CÓMO Y CUÁNDO. Conviene fijarse en el factor de protección (SPF) y en que sea de amplio espectro, es decir, que cubra tanto UVA como UVB. Para el día a día en ciudad basta un SPF 30; para playa, deporte o exposición directa, mejor 50 o más, igual que para pieles sensibles y para los niños. Se aplica en capa generosa una media hora antes de salir, sin olvidar cuello, orejas, manos y se renueva cada dos o tres horas y siempre después del baño o de sudar.