En los últimos años el consumo de proteínas se ha disparado: batidos, barritas, yogures enriquecidos… Pero, ¿qué ocurre si te pasas? ¿Es peligroso para el riñón, los huesos o la salud en general?
Lo primero es aclarar qué significa “mucha proteína”. Para una persona sedentaria, las recomendaciones suelen situarse alrededor de 0,8 g/kg de peso corporal al día. En deportistas o personas muy activas, subir a 1,4–2 g/kg/día puede ser adecuado y seguro. El problema aparece cuando se consumen cantidades muy altas de forma crónica, especialmente si el resto de la dieta es pobre en frutas, verduras y fibra.
En personas sanas, los estudios muestran que un consumo elevado de proteína no daña el riñón por sí mismo. El matiz importante es que esto cambia si ya existe una enfermedad renal previa, diagnosticada o no: en esos casos sí puede acelerar el deterioro y debe individualizarse siempre con el profesional de salud.
Otro miedo frecuente es que mucha proteína “descalcifica los huesos”. Hoy sabemos que, al contrario, una ingesta adecuada de proteína puede beneficiar la masa muscular y ósea, siempre que vaya acompañada de suficiente calcio, vitamina D y ejercicio de fuerza.
Más que demonizar la proteína, el foco debería estar en el contexto global de la dieta:
Si casi todo viene de productos ultraprocesados enriquecidos, con mucho azúcar y grasas de baja calidad, no es una buena idea.
Si priorizas alimentos reales (pescado, huevos, legumbres, frutos secos, lácteos de calidad) y ajustas la cantidad a tu peso, actividad y objetivo, la proteína se convierte en una aliada para la salud, el control del peso y el rendimiento.
Por lo tanto, no es solo “cuánta” proteína comes, sino “de dónde viene” y “qué lugar ocupa en el conjunto de tu alimentación”.