Cada 4 de marzo se conmemora el Día Mundial de la Obesidad, una fecha que busca poner el foco en una realidad que va mucho más allá del peso. Hoy sabemos que la obesidad es una enfermedad multifactorial en la que intervienen factores metabólicos, psicológicos y de estilo de vida. |
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Para entenderla mejor, planteamos una pequeña mesa redonda con dos especialistas de ámbitos distintos, psicología y endocrinología, que ayudan a dibujar una visión más completa del problema y de sus posibles soluciones. |
🧠 Visión desde la Psicología |
La relación con la comida no siempre responde al hambre fisiológica. Emociones, estrés o aprendizaje influyen directamente en nuestros hábitos. |
1) ¿Qué papel juegan las emociones y la salud mental en el desarrollo o mantenimiento de la obesidad? |
Las emociones y la salud mental juegan un papel central en el desarrollo y mantenimiento de la obesidad, y hoy sabemos que no se trata solo de “comer de más” o “falta de voluntad”. La obesidad es una condición compleja multifactorial donde el cuerpo, la mente y el entorno están profundamente conectados.
En primer lugar, las emociones influyen directamente en la forma en que comemos. Muchas personas utilizan la comida como una estrategia para regular emociones difíciles como el estrés, la ansiedad, la tristeza o la soledad. Comer puede generar alivio momentáneo porque activa circuitos cerebrales de recompensa y placer, pero ese efecto es temporal. Con el tiempo, este patrón puede transformarse en alimentación emocional, donde se come no por hambre física, sino para calmar un malestar psicológico. Pudiendo incluso desarrollar un trastorno de la conducta alimentaria, muy comúnmente asociado a la obesidad estaría el “trastorno por atracón”, en el cual aparecen ingestas de cantidades exageradas de comida en un periodo corto de tiempo con una asociada sensación de culpabilidad y rechazo.
La salud mental también influye en la capacidad de sostener hábitos saludables. Trastornos como la depresión, la ansiedad o el estrés crónico pueden disminuir la motivación, la energía y la autoestima, haciendo más difícil planificar comidas, realizar actividad física o mantener rutinas. Además, el estrés sostenido eleva el cortisol, una
hormona que favorece el almacenamiento de grasa y aumenta el apetito, especialmente por alimentos ricos en azúcar y grasa.
Por otro lado, la relación entre obesidad y salud mental es bidireccional. No solo las emociones pueden contribuir al aumento de peso, sino que vivir con obesidad también puede afectar profundamente el bienestar psicológico. El estigma social, la discriminación y los comentarios negativos generan vergüenza, culpa y baja autoestima. Esto puede llevar al aislamiento social y, paradójicamente, a un mayor uso de la comida como refugio emocional, perpetuando el ciclo.
También es importante considerar experiencias tempranas. Traumas en la infancia, inseguridad alimentaria o aprendizajes familiares donde la comida se usa como premio o consuelo pueden dejar huellas duraderas en la relación con la alimentación y el cuerpo.
Por todo esto, abordar la obesidad únicamente desde la dieta y el ejercicio es insuficiente. Es fundamental incluir el cuidado de la salud mental, el manejo emocional y el acompañamiento psicológico cuando sea necesario. |
2) ¿Cómo se puede trabajar psicológicamente con un paciente con obesidad para lograr cambios de hábitos sostenibles en el tiempo? |
Trabajar psicológicamente con una persona con obesidad implica ir mucho más allá de decirle qué comer o cuánto ejercicio hacer. El objetivo principal es ayudarle a generar cambios que pueda sostener en el tiempo y que no se vivan como un castigo.
Lo primero es construir una relación de confianza, sin juicios ni culpas. Muchas personas con obesidad llegan con un largo historial de dietas fallidas y mucha frustración. Validar su experiencia y entender su historia con la comida y el cuerpo es clave para empezar cualquier cambio real.
Desde lo psicológico, se trabaja mucho la toma de conciencia: identificar por qué se come, no solo qué se come. Esto incluye reconocer señales de hambre y saciedad, pero también detectar la alimentación emocional, es decir, cuándo la comida aparece para calmar estrés, ansiedad o tristeza. En lugar de prohibir alimentos, se buscan alternativas para manejar esas emociones de otra manera. En muchas ocasiones nos ayudamos de registros de alimentación o algún tipo de tareas para que los pacientes hagan en casa.
Para trabajar la obesidad, se dejan de lado las metas rígidas o extremas y se apuesta por objetivos pequeños, realistas y progresivos. Cambios simples, repetidos en el tiempo, generan más impacto que grandes esfuerzos que duran poco. También se trabaja la autoexigencia y el “todo o nada”, que suele llevar a tirar la toalla al primer fallo que el paciente considera haber cometido. La autoestima y la relación con el cuerpo también son centrales. Reducir la culpa, la vergüenza y el estigma permite que la persona se cuide desde el respeto y no desde el castigo. Cuando el autocuidado reemplaza al control, los hábitos se vuelven más
sostenibles.
Finalmente comprender que habrá avances y retrocesos, y que ambos forman parte del proceso, ayuda a que el cambio no sea solo temporal, sino un camino posible y humano. |
🧬 Visión desde la Endocrinología |
La obesidad también tiene una base hormonal y metabólica que condiciona su desarrollo y tratamiento. |
1) ¿Hasta qué punto influyen los factores hormonales y metabólicos en el desarrollo de la obesidad? |
La obesidad no es solo el resultado de “comer de más”, sino una enfermedad compleja en la que intervienen múltiples sistemas del organismo. Factores hormonales como la insulina, la leptina o las hormonas tiroideas influyen en el apetito, el gasto energético y la forma en que almacenamos grasa. En muchas personas con obesidad existe resistencia a la insulina o alteraciones en las señales de saciedad, lo que favorece la ganancia de peso incluso con esfuerzos razonables por cuidarse. A esto se suma la predisposición genética, que no determina el destino, pero sí condiciona la facilidad para ganar o perder peso. El entorno actual (sedentarismo, alta disponibilidad de alimentos ultraprocesados) actúa como un “amplificador” de estos factores biológicos.
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2) ¿Qué tratamientos médicos existen actualmente para la obesidad y en qué casos se recomiendan? |
El tratamiento de la obesidad debe ser individualizado y escalonado, combinando cambios en el estilo de vida con seguimiento clínico. La base siempre es un abordaje integral que incluya alimentación adaptada, actividad física realista y apoyo conductual. En personas con obesidad moderada o severa, o con complicaciones, los tratamientos farmacológicos pueden ser una herramienta útil dentro de un plan médico supervisado. En casos seleccionados de obesidad grave, la cirugía bariátrica es una opción eficaz y segura cuando se indica correctamente y con seguimiento a largo plazo. Lo más importante es entender que no existe un “tratamiento único” válido para todos: el éxito depende de ajustar la estrategia al perfil de cada persona.
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