En consulta lo escucho a menudo: “Doctora, oigo un pitido y nadie más lo oye”. A veces es un zumbido, otras un ruido agudo, otras algo difícil incluso de describir. Eso es el tinnitus. Y no, no es raro, ni imaginado, ni una exageración.
El tinnitus es la percepción de un sonido que no procede del exterior. No es una enfermedad en sí misma, pero puede convertirse en un problema muy serio cuando empieza a condicionar el descanso, la concentración o el estado de ánimo. Hay personas que lo notan solo en momentos concretos y otras que sienten que les acompaña todo el día.
Puede aparecer tras una exposición a ruido, una infección, un periodo de estrés intenso o asociado a una pérdida auditiva, aunque muchas veces no hay una causa única y clara. Y ahí suele empezar la parte más difícil: la preocupación. El “¿y si va a ir a más?”, el “¿y si ya no vuelve el silencio?”, el miedo a no poder dormir o a no rendir igual en el trabajo.
Aquí es importante entender algo clave: el oído no funciona aislado. La audición está conectada directamente con el cerebro y con los sistemas que gestionan la alerta y la emoción. Por eso, cuando el tinnitus se interpreta como una amenaza, el cerebro lo amplifica. Cuanto más lo vigilamos, más presente se vuelve.
En la práctica clínica, muchas personas mejoran cuando dejan de luchar contra el sonido y empiezan a comprenderlo. El objetivo no siempre es que el tinnitus desaparezca por completo, sino que deje de ocupar el centro de la vida. Igual que dejamos de notar el tictac de un reloj o el ruido de fondo de la calle, el cerebro puede aprender a relegar ese sonido cuando deja de asociarlo al peligro.
Existen distintas estrategias para lograrlo: desde tratar causas médicas concretas, mejorar el descanso y reducir el estrés, hasta el uso de terapia sonora o audífonos cuando están indicados. En muchos casos, trabajar la ansiedad y la atención es tan importante como cualquier tratamiento físico.
El tinnitus no define a la persona que lo padece. Y aunque al principio parezca imposible, muchas personas vuelven a dormir, a concentrarse y a vivir con normalidad. El sonido puede seguir ahí… pero deja de mandar.