Si alguna vez has sentido esto, te interesa saber por qué ocurre.
La razón por la que el cuerpo nos pide estos alimentos es sencilla: los que contienen gran cantidad de azúcar activan neurotransmisores como la dopamina, la serotonina y la adrenalina. Estos envían al cerebro sensaciones de placer, motivación y saciedad. Por eso, en momentos de estrés, desánimo o cansancio, buscamos activarnos comiendo, y los dulces son los que más bienestar generan. Esto ocurre porque el azúcar estimula las zonas cerebrales asociadas al sabor dulce y a la ingesta de calorías para obtener energía. Lo mismo sucede con dietas estrictas, que pueden aumentar la necesidad de carbohidratos, o con déficits nutricionales, como la falta de magnesio, que generan antojos. La falta de sueño también influye, ya que eleva el cortisol y reduce la leptina, aumentando la sensación de hambre. Además, un bajo estado de ánimo o el aburrimiento pueden inducir el consumo de dulce. A todo esto se suma el calor extremo, que reduce la serotonina y aumenta el deseo de azúcar. Así que, cuando tu cerebro te grite “necesito chocolate”, escúchalo y analízalo: quizá tu cuerpo te está hablando de sus carencias.
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