Pero en la mesa de ese verano, junto a la cerveza, casi siempre asoma otra clásica igual de veraniega: la limonada. Hoy nos refrescamos con ella.
ORÍGENES. La limonada tiene miles de años a sus espaldas, aunque algunos datos se hayan vuelto borrosos con el tiempo. Sus raíces apuntan al Egipto medieval, donde ya se preparaba una bebida a base de zumo de limón, y la primera receta escrita que se conserva es del siglo XII: la firma Ibn Jumay, médico judío de la corte de Saladino, que recomendaba el limón sobre todo por sus supuestas virtudes medicinales. El propio limón venía de lejos: originario de Asia, llegó al Mediterráneo con las rutas comerciales y durante mucho tiempo fue un fruto de lujo, más aromático y terapéutico que de cocina.
LIMONADA DE CALLE. Fueron los franceses quienes la sacaron a pasear. En el París del siglo XVII ya había vendedores ambulantes cargando tanques de limonada a la espalda para servirla por las esquinas, a menudo endulzada con miel porque el azúcar seguía siendo caro. Más adelante le sumaron agua con gas, y el invento se volvió un fenómeno urbano de pleno derecho.
LA GUERRA CONTRA EL ALCOHOL. Al otro lado del Atlántico, la limonada encontró una causa. Hacia 1877, con el movimiento anti alcohol en plena ebullición en Estados Unidos, se convirtió en el arma simbólica de quienes querían restarle protagonismo a la bebida fuerte: gustaba a todos, era barata y fácil de hacer. La primera dama Lucy Hayes, abstemia convencida, le dio el empujón definitivo desde la mismísima Casa Blanca, y marcas como Sunkist se apuntaron al carro con eslóganes tan poco sutiles como "Adiós al licor, un brindis por la limonada". Así quedó fijada esa imagen casera y veraniega que seguimos asociando a ella.