POR QUÉ EN VERANO. Las altas temperaturas son el mejor aliado de los microorganismos: encuentran calor, nutrientes y humedad, y solo necesitan que les demos tiempo para reproducirse hasta convertir un alimento inofensivo en un problema. A eso se suma que en esta época comemos más fuera de casa, donde el control de la temperatura y la higiene suele relajarse. El resultado son las llamadas toxiinfecciones: enfermedades que van desde la salmonelosis o la hepatitis A hasta el botulismo o la anisakiasis, según recuerda la AESAN.
LA APARIENCIA ENGAÑA. Aquí va el dato que más despista: un alimento puede estar muy contaminado y tener un aspecto perfectamente normal. La contaminación microbiana no siempre se traduce en deterioro visible, así que fiarnos solo de la pinta no basta.
LAS REGLAS DE ORO. La AESAN, siguiendo a la OMS, resume la prevención en unas cuantas rutinas sencillas: cocinar los alimentos de origen animal hasta que alcancen 70 °C en el centro, no dejar nada perecedero más de dos horas a temperatura ambiente, evitar que lo crudo toque lo ya cocinado (cuchillos, tablas y trapos incluidos), usar solo agua potable y desconfiar de los alimentos perecederos expuestos sin refrigerar en bares y cafeterías.
CADA COSA EN SU SITIO. La nevera también tiene sus reglas. En la zona más fría, abajo y al fondo, van las carnes crudas, pescados y mariscos; en los estantes intermedios, lo cocinado, las sobras y los lácteos; y en la puerta, la parte menos fría e inestable, las frutas, las verduras, los huevos, la mantequilla y las bebidas.
LOS MÁS EXPUESTOS. No todos partimos con la misma defensa. Niños pequeños, personas mayores, embarazadas y quienes tienen el sistema inmunitario debilitado son los grupos en los que una intoxicación puede complicarse, así que con ellos toca extremar el cuidado.